viernes, 27 de julio de 2012

Séptima lección, Jueves 26 de julio 2012


El último día, tiempo para hacer preguntas basadas en la observación de la propia experiencia.


La primera consigna, permitir los movimientos respiratorios, no hacerlos, ¿qué quiere decir permitirlos? 


La respiración es la única función fisiológica en la que es posible influir directamente con la voluntad. Si te propones respirar de una manera determinada, lo más seguro es que no puedes hacerlo más que unas pocas respiraciones y la sensación es la de algo impuesto desde fuera. ¿No hay ya demasiadas cosas impuestas desde fuera? Permitir los movimientos respiratorios quiere decir darte tiempo para que cada uno se produzca desde un ritmo que viene de dentro.

La clave para encontrar este ritmo está en la espiración, concretamente al final de la espiración, cuando ya ha salido todo el aire que sale fácilmente, con sólo relajar los músculos que han trabajado en la inspiración. Todavía hay un aire residual en el cuerpo que es suficiente para poder descansar un rato antes de volver a coger aire de nuevo. Así entre espiración e inspiración hay un momento de descanso que puedes concederte de forma deliberada y consciente. Cuando el organismo avisa de que necesita aire, simplemente te abres y lo dejas entrar.

También para el movimiento de expansión resultante de la inspiración te concedes tiempo para que se produzca en toda la amplitud deseada. Cuando aparece la sensación de que ya es suficiente, no intentes guardarte el aire dentro sino déjalo salir en seguida. Siguiendo la dirección del movimiento de la espiración de nuevo te orientas hacia el eje central del cuerpo y hacia el suelo. Descansa en el núcleo de tu ser, con el apoyo del mundo material. Y vuelta a empezar.

Si notas que no puedes descansar ni en el núcleo de tu ser ni en el suelo, fíjate en qué te lo impide. Con pequeños ajustes en la posición de tu cuerpo relativa al suelo, encuentra la que mayor apoyo ofrece y la que mejor facilita el flujo de los movimientos respiratorios. Abre el espacio del cuerpo desde dentro dándote tiempo para cada uno de los movimientos de la respiración y el momento de descanso al final de la espiración.


¿Cómo ayuda esto para regular las emociones?

El patrón habitual de tensión reduce los movimientos respiratorios en un esfuerzo por mantener sensaciones y emociones que no sabemos gestionar fuera de la experiencia consciente. Cuando los movimientos respiratorios se vuelven más profundos y amplios, las emociones y sensaciones retenidas afloran. Entonces será necesario acogerlas. No obstante, solemos volver rápidamente a la respiración restringida del patrón habitual, en cuanto asoman las sensaciones que originalmente nos impulsaron a generar la tensión que con el tiempo se constituyó como patrón habitual.

Hay toda una serie de “técnicas de respiración” que apuntan a una movilización para facilitar la expresión de esas emociones. Se basan en la idea de que una vez que las emociones reprimidas se hayan expresado, la persona queda liberada. Aunque conlleve un alivio momentáneo y un aumento de energía temporal, la hiperoxigenación que estas “técnicas” usan conlleva una activación de la rama simpática del sistema nervioso autónomo con un aumento de la respuesta de estrés. Las emociones se vuelven intensas y ruidosas. Igual que la lluvia que baja la montaña ahonda la riera cada vez que pasa por ella, el sistema repite una y otra  vez las mismas dinámicas con las mismas emociones. No hay lugar para una verdadera toma de conciencia y, por tanto, para ocuparse de forma eficaz del asunto del que las emociones informan.

Por esto, una y otra vez volvemos a la primera consigna: enfocar la atención en permitir los movimientos respiratorios. Cuando aflora emoción, al orientar la atención hacia el centro del cuerpo, abrimos una vía por donde la emoción puede fluir a través del núcleo del ser vivo que somos. Al orientar la atención hacia el suelo, la parte de nuestro ser presa de la emoción puede experimentar apoyo real en el mundo material. Al inspirar le aportamos energía, cariño, interés. En vez de desbordarnos con la emoción, intentamos crear un espacio en el que puede fluir y podemos sentirla para llegar a entender de qué nos avisa.

Toda emoción avisa de algo, de deseos, necesidades y su grado de satisfacción. Sentimos alegría cuando se nos ha satisfecho un deseo o una necesidad. Nos ponemos tristes cuando perdimos algo que era valioso o no conseguimos algo que nos importaba. Nos enfadamos cuando se nos tuerce algo que queríamos, nos vemos obligados a apechugar con algo que no queríamos para nada o no decimos algo que queríamos decir. Cuando sepamos de qué nos avisa la emoción, podemos discernir si es relevante en relación con algo actual o si la situación actual no es más que una re-escenificación de algo que nos pasó cuando teníamos cuatro años o tres meses o quince años y que entonces no logramos gestionar más que apartando las emociones relativas a esa situación mediante la tensión de nuestros músculos. Aunque no tengamos ningún recuerdo consciente de lo que pueda haber pasado, el organismo lo recuerda. Recuerda lo que hicimos para arreglárnoslas con ello. Por tanto, esas emociones siguen activas en el sistema por debajo del umbral de la experiencia consciente y vuelven a aparecer una y otra vez, repitiendo las mismas dinámicas.

Si dejamos a esas emociones dirigir nuestro comportamiento, dejamos una vida adulta al mando de un niño. Lamentablemente, el escenario político y socioeconómico actual en el mundo muestra todos los rasgos de una conducta infantil. Desde luego, el aspecto infantil carece de la capacidad de dirigir una vida adulta, por tanto, convive con una continua sensación de insuficiencia, incapacidad, frustración, etc. Construimos diques, presas, esclusas, muros de contención para no sentirlas. De vez en cuando se rompen los muros y las emociones irrumpen e inundan la experiencia de forma violenta… siempre la misma dinámica.
Enfocando una y otra vez nuestra atención en permitir los movimientos respiratorios, es decir darles tiempo para que puedan suceder, sobre todo, concedernos el momento de descanso en el centro del ser vivo que somos sobre las bases materiales que sustentan nuestra vida, creamos un cauce en el que esas emociones pueden transcurrir de forma más pausada. Así no reaccionamos de forma habitual, inconsciente, rápida, antes de poder darnos cuenta de lo que está sucediendo, sino que tenemos más tiempo para evaluar lo que sucede y lo que sentimos y tomar una decisión más fundamentada.

Sentir algo difícil de tolerar con apoyo lo hace más tolerable que verte superado por una avalancha que te arrastra y te quita el suelo de debajo de los pies. Además dispones de más energía para hacer frente a lo que sea que la emoción de plantea. Respirar del modo propuesto te da acceso a la creatividad que reside en el núcleo de tu ser de modo que sea más fácil encontrar soluciones creativas que atrapados en el hábito no se nos pueden ocurrir.


¿Y con los pensamientos que aparecen, qué hacéis? ¿Tomáis nota de ellos? ¿Los dejáis pasar?

R1: Sí y sí. Tomo nota de ellos y los dejo pasar. A veces hay pensamientos que valen la pena. Tomo nota y me propongo luego investigar y elaborarlos más. Y vuelvo a enfocar mi atención en permitir los movimientos respiratorios. A fin de cuentas sólo puedes respirar ahora y aquí. Muchos pensamientos giran alrededor de cosas del pasado, del futuro o de conjeturas y no precisamente de un modo constructivo. Una y otra vez, enfoco mi atención en la relación entre el espacio interior y exterior para que facilite el flujo y puedan seguir su camino sin que nada en mí los retenga.

R2: Hoy he venido con un asunto y al respirar el asunto se me plantea una y otra vez. Los pensamientos me llevan aquí (señala a un espacio al lado de la sien izquierda) y dan vueltas. Cuántas más vueltas dan, tanto más encogen el espacio en mi cuerpo hasta que sólo parece existir el espacio donde dan vueltas. Al enfocar mi atención en la respiración, vuelvo a darme cuenta de la existencia de mi cuerpo y el espacio que se abre en el interior crea un contrapeso a esa cosa que me da vueltas aquí (de nuevo señala el espacio al lado de la sien izquierda). Y señalo aquí porque literalmente es aquí donde lo siento, fuera de mí. Así hay posibilidad de un diálogo lo cual es mucho mejor que quedarme reducida a esto (de nuevo señala el espacio al lado de la sien izquierda).

R3: Más que responder a la pregunta quiero compartir que he descubierto un aspecto de mí que no conocía y que me gusta. Con esta respiración llego a una postura más erguida sin tener que hacer un esfuerzo para levantar el pecho ni los hombros ni nada. Lo he observado incluso caminando por la calle. Es como si me sintiera más orgulloso de mí.


Personalmente, lo que me fascina es que al enfocar la atención en permitir los movimientos respiratorios descubro la relación que existe entre mí y mi entorno y puedo ajustarla para que las cosas fluyan de la mejor manera posible. Así descubro que eso que llamo “yo” no es más que una parte de lo que soy, que soy mucho más. De ello se derivan muchas posibilidades a mi alcance de las que ese fenómeno de la naturaleza que llamamos “yo” no puede ni soñar. Como fenómeno de la naturaleza, el “yo” se presta a ser estudiado para llegar a comprender su funcionamiento  y encontrar el lugar adecuado para él en el conjunto de la vida para que pueda cumplir con su función ejecutiva de un modo eficaz. Dejarlo al mando de nuestros actos sin una comprensión de su relación con el todo nos deja en manos de un niño que juega con armas de fuego. Respirar con conciencia de los movimientos respiratorios y de la relación con el suelo y el espacio abierto permite adquirir esta comprensión y descubrir lo delicioso que es la vida cuando ocupamos el espacio que nos corresponde en relación al conjunto.

Para concluir constatamos la importancia de la respiración: Es lo primero que hacemos cuando llegamos al mundo y lo último antes de irnos.

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