lunes, 31 de agosto de 2015

La tensión, el agua y las huellas de la historia

in English her                                   auf Deutsch hier
Últimos días de agosto… el póster sobre el exceso de tensión involuntaria y el agua que mantiene los tejidos del cuerpo flexibles y elásticos está con el diseñador gráfico… la exploración de las huellas de la memoria histórica en el cuerpo, el fin de semana pasado, reveló a los participantes raíces que penetran profundamente en la Tierra, alimentan cuerpo y alma y ayudan a abordar asuntos, personales y ancestrales, pendientes de resolver y a soltar otros que realmente no les atañen. 

Antes de ir a Washington el 17 de septiembre a presentar el póster en el Congreso de Investigación de Fascias, iré a mi ciudad natal en el norte de Alemania, Geesthacht, a participar en un paseo histórico por los terrenos de la fábrica de pólvora que hubo allí hasta 1945. El título: “Pólvora alemana para el mundo”, organizado por el círculo para el fomento de un museo de industria de Geesthacht, del cual soy miembro.


Se trata de seguir la pista de unas huellas de la historia en mi propio cuerpo. Hace un par de años aproximadamente descubrí que mi abuelo había sido oficial de la guardia de esta fábrica. No lo fue de forma voluntaria. De negarse, le habrían hecho la corte marcial y seguramente le habrían fusilado por alta traición. Pero hasta hace poco no sabía nada de todo esto. Había visto su foto en uniforme de la Wehrmacht en alguna ocasión anterior, pero no sabía nada sobre cómo había participado en la guerra, es más, me parecía que no había participado. Era un punto ciego. Por suerte una tía, en base a sus recuerdos de infancia, supo contarme por qué mi abuelo llevaba ese uniforme.

A partir de ahí empecé a entender una serie de sucesos en mi familia en un contexto más amplio y se formó una imagen, como cuando las piezas de un puzzle encajan. A menudo había paseado con mi abuelo por los bosques donde se ocultaba esa fábrica. No recuerdo que me contara nada de los búnkeres bombardeados ni de lo que debió de haber vivido en esas mismas rutas unos años antes. De todas maneras, yo estaba mucho más interesada en saber cómo se llamaba ese árbol, aquella hierba, ese pájaro… Esto sí me lo contaba. Seguramente no le preguntaba por lo otro porque sentía que tocaría algo de lo que no estaba dispuesto a hablar. Lo que recuerdo más que nada, es el silencio que hubo entre nosotros. No fue un silencioso cómodo. Pero esto no lo sabía entonces. Era lo normal. Era un silencio que pesaba toneladas.

De hecho, en cuanto pude, me fui a más de 800 km de mi ciudad natal a estudiar Ciencias Lingüísticas Aplicadas y a más de 2000 km al acabar la carrera. Necesitaba distancia para ganar perspectiva… y otra profesión que me ayudara a entender lo que pasaba entre mí, mi familia, mi país y el mundo. Es gracias a esta profesión, el Duggan/French Approach (DFA) para el  Reconocimiento de Patrones Somáticos que reconozco el puño que puedo sentir aun hoy, ahora mismo, en mi estómago como el mismo puño en el que mi abuelo sujetaba y comprimía al mínimo espacio posible todos los sentimientos que no se podría permitir tener como vigilante de los trabajos forzados de personas capturadas en los países ocupados y prisioneros del campo de concentración cercano que trabajaban allí para fabricar la pólvora que costaría la vida y la integridad física de tantas personas en todo el mundo. La impotencia ante el abuso y la injusticia traumatizan al testigo tal vez no de la misma manera que a la víctima, pero igualmente de forma indeleble. Y si no se atiende se convierte en caldo de cultivo de repetición.

Lo mismo es cierto en el ámbito familiar. La niña que ve cómo su padre, de forma absolutamente arbitraria e injusta, da una paliza a su hermano y cómo su madre atemorizada no se atreve a proteger a su hijo de la violencia del padre siente la misma clase de impotencia y terror que cualquier persona ante la violencia organizada del terrorismo, de la índole que sea: estatal, fundamentalista, económico, criminal, de oposición extraparlamentaria, en la televisión y el cine, de chicos y chicas en el colegio convertidos en acosadores por los traumas no resueltos de sus mayores y antepasados, o de colegas que acosan a otros en el lugar de trabajo.

Cincuenta refugiados muertos en un camión frigorífico, veinte asfixiados en la bodega de un buque, naufragios casi a diaria, una avalancha de miles de refugiados cada día… Es otra guerra, son otros los que la hacen. ¿Pero son otros realmente? Creo que nadie puede ver las noticias sin sentir el mismo puño en el estómago que mi abuelo en el intento de dar el mínimo de espacio posible a la impotencia y el terror ante la escalada del sufrimiento manifiesto en todas esas personas. Es en nuestra naturaleza ser receptivos para el estado emocional de los demás. Somos compasivos y solidarios por naturaleza. Quien no lo siente, es porque sin darse cuenta tensa sus músculos para interrumpir el flujo de la información sensorial que no tolera. Debajo del umbral de la conciencia el miedo a esas sensaciones crece y cría más violencia y más victimismo.

¿Qué hacemos? Por más impotente que me sienta ante todo eso, lo que sé hacer es relacionarme con ese puño:

-    buscar momento a momento la posición de mi cuerpo en el que pueda sentir el suelo por debajo del puño para enseñarle la posibilidad de apoyo de una fuerza mayor (la gravedad, el campo de fuerza de Madre Tierra)

-    siguiendo la dirección del movimiento de espiración, entrar en el epicentro de lo más estrecho del puño y reposar allí, para tomar sin temor ni resistencia el sostén de la Tierra que está disponible en todo momento incluso en ese estrecho lugar donde se agolpa una multitud de sentimientos difíciles, para dejarlos fluir, uno a uno, y dejar lugar a lo siguiente

-    con el apoyo del suelo, esperar a que el movimiento de la inspiración se inicie en ese lugar y lo expanda

-    dar tiempo al movimiento de expansión de la inspiración hasta que sienta que expande todo mi cuerpo desde el epicentro del puño hasta la superficie, desde la coronilla hasta los pies, en ambos lados, tanto delante como atrás.

-    soltar el aire de nuevo y entregar todo el peso al suelo, el peso de mi cuerpo y el de todo lo pesado… entrando de nuevo en el epicentro de lo más apretado del puño, que ahora ya lo es un poquitín menos… y sentir la impotencia ante la envergadura del sufrimiento, la rabia con todos aquellos que por ignorancia lo crean y el terror a su violencia, en fin, todos esos sentimientos que el puño sujeta y comprime, porque es todo esto lo que hay que soltar. La impotencia, el sufrimiento, la rabia, la ignorancia, el terror y la violencia, todo esto yo también lo tengo y puedo soltarlo sólo si lo siento, porque si no lo sintiera, ¿cómo iba a poder saber qué tengo que soltar?

-    en comunicación con la Tierra por debajo de mis pies y de mi silla y el espacio que se extiende a través de todo el universo, junto con el aire que espiro, enviar mi deseo de que los que crean el sufrimiento de toda esa gente se den cuenta que están haciendo daño no sólo a otros sino también a sí mismos y que dejen de hacerlo 

-    poner mi ser, mis talentos y mis capacidades al servicio de la vida en toda su belleza para ayudar a crear un mundo en el que todos los seres vivos puedan disfrutar la belleza de la vida plenamente.

Cuando esté en Geesthacht de aquí a un par de semanas, me gustaría tener oportunidad de averiguar qué efecto tuvo en la salud de la gente que trabajaba de forma deliberada en la fábrica de pólvora y en la salud de sus familiares. Tengo buena salud, porque a lo largo de mi vida adulta me he aplicado en investigar mi malestar para entender qué necesito para poder poner remedio a los factores que menoscaban mi salud, conforme se iban manifestando. Ahora, en retrospectiva puedo ver que muchos de ellos tuvieron sus raíces en la situación familiar resultante del estado emocional de mi abuelo en el contexto mayor de los traumas ocasionados por dos guerras mundiales, la locura del régimen y la participación en la fabricación de sustancias dañinas. Él participó obligado. ¿Cómo debe haber sido la experiencia de los que estaban contentos de tener un trabajo y poder mantener sus familias a base de fabricar la pólvora que mató e hirió a tantas personas en todo el mundo? En cuanto a mi propia salud, si no hubiera hecho el trabajo interior de todos esos años, estoy segura de que a estas alturas estaría muerta o muy enferma. Y aquí me tenéis, feliz, agradecida y gozando de buena salud.

El proyecto del póster sobre el exceso de tensión involuntaria y el agua que mantiene los tejidos del cuerpo flexibles y elásticos acaba el martes 6 de septiembre https://goteo.org/project/cristal-liquido?lang=es. Después de esta fecha ya no será posible hacer aportaciones. No obstante, la página del proyecto seguirá abierta a todo el mundo que quiera conocer o usar los materiales que tuve la oportunidad de elaborar para este proyecto durante los meses de junio, julio y agosto, con algunas imágenes menos que debo retirar en cuanto acabe el proyecto.

Muchas gracias por tu interés y apoyo.

Sinceremente,
Brigitte Hansmann

2 comentarios:

  1. Sobre la "crisis migratoria" que no es crisis un artículo interesante de Kenneth Roth del World Post, publicado en español aquí: http://www.huffingtonpost.es/kenneth-roth/la-crisis-de-refugiados-q_b_8086350.html

    ResponderEliminar
  2. poner mi ser, mis talentos y mis capacidades al servicio de la vida en toda su belleza para ayudar a crear un mundo en el que todos los seres vivos puedan disfrutar la belleza de la vida plenamente. Me sumo a este noble y urgente propósito, gracias por la inspiración y bendiciones!. Ghislaine

    ResponderEliminar