domingo, 30 de septiembre de 2018

Círculo vicioso o espiral de aprendizaje – Traumas multigeneracionales - Una trilogía: 11 de septiembre, 1 de octubre, 12 de ocubre

Parte 1: 11 de septiembre 2018


Entender las dinámicas que tienen lugar cuando una experiencia nos traumatiza ayuda mucho a curar posibles heridas, a prevenir repeticiones y a evitar que las reacciones traumáticas se conviertan en patrones habituales.



Patrones habituales

Cuando nos habituamos a hacer las cosas de una manera determinada, se convierte en un patrón habitual, un mecanismo automático inconsciente. Esto tiene muchas ventajas. Por ejemplo, cuando se aprende a conducir, el movimiento de soltar el embrague a la vez que se aprieta el pedal del gas requiere mucha atención. Pero una vez que se ha aprendido, ya no hace falta pensar en cómo hacerlo. Se ha convertido en un patrón automático. La forma personal de cada uno de caminar y moverse, de entornar la voz al hablar, determinados giros idiomáticos, entre muchas otras cosas, se basan en patrones habituales que tienen lugar de forma automática y dejan la vía libre para poner la atención en otros aspectos de la acción. En los bailes de salón, por ejemplo, una vez internalizados los pasos básicos del baile, se ha creado un patrón habitual y podemos disfrutar de la libertad de improvisar y jugar con diferentes figuras, sin tener que prestar atención a seguir los pasos básicos que convierten un baile en un tango a diferencia de un vals o un foxtrot.

Ante situaciones de peligro, los seres vivos hemos desarrollado una serie de estrategias habituales para conservar la vida y nuestra integridad física y psíquica. Una vez que se ha activado una alerta, según la clase de peligro y el carácter individual de la persona, uno está preparado para huir, luchar o inmovilizarse. Esto sucede a gran velocidad más allá del control consciente. Cuando el peligro ha pasado, incluso si hemos salido ilesos, necesitamos un tiempo para calmarnos, reorientarnos y soltar las cargas energéticas y hormonales de la activación que nos permitió ponernos a salvo, lo cual puede conllevar temblores, llanto, imágenes de los sucesos, sacudidas, etc. Necesitamos tiempo para revisar lo que pasó para poder entenderlo, para darnos cuenta de  qué hicimos, de cómo nos afectó, qué implicaciones tiene lo que pasó y lo que hicimos para, finalmente, poder restaurar el equilibrio interno. Si sufrimos heridas, estos pasos pueden ser importantes también para acabar de curarlas.

Si no es posible huir, luchar o inmovilizarnos o ninguna de esas opciones es suficiente para evitar el impacto del peligro, como último recurso se pone en marcha un estado de flojera e insensibilidad. De este modo, tal vez, aun puede darse una oportunidad para escapar o, al menos, el dolor de tener que morir o vivir bajo condiciones traumáticas produce pocas sensaciones o sensaciones de poca intensidad.

Estrés postraumático

Si después de haber salido de una situación traumática no nos damos tiempo para dar los pasos necesarios para poder concluir la experiencia, restaurar el equilibrio interno y aprender de ella, las cargas energéticas y hormonales de la activación permanecen en el organismo. Entonces la experiencia refleja continuamente la sensación de que el impacto de algo grave está inminente. Según la clase de trauma que la persona ha sufrido, permanece en un estado de ansiedad permanente, preparada para luchar o huir, o colapsada en un estado depresivo de indefensión e impotencia.

Un trauma puntual, como por ejemplo un accidente, una pérdida, una agresión o ser testigo de un accidente o una agresión, es diferente de una experiencia severa prolongada en el tiempo como el abandono, el abuso, el acoso, la violencia doméstica, la guerra y el genocidio. Pero independientemente de la duración de la situación traumática, sin restaurar el equilibrio interno, el estrés postraumático va debilitando el organismo. Aparte de generar una gran variedad de síntomas asociados a diferentes tipos de enfermedades, esta clase de estrés lleva también a una tendencia a crear, de forma inconsciente, situaciones que repiten las dinámicas de la situación traumática inicial. Y se transmite de generación en generación.

Traumas multigeneracionales

Hay estudios que demuestran que el estrés postraumático se transmite por vía genética a través de la línea masculina. (1) Hay datos que sugieren que, en los hombres que aprenden de una situación traumática a procesar lo que pasó, lo que sintieron e hicieron, a reconocer situaciones propensas a llevar a una repetición del trauma y a encontrar formas de responder a ellas que pueden favorecer el desarrollo de conductas que mejoran la relación con el entorno, los efectos positivos de este aprendizaje afectan el ADN y se transmiten a las generaciones posteriores. Pero también se transmiten los efectos nocivos que llevan a una ciega repetición de las reacciones habituales que mantienen la impronta del trauma viva en un círculo vicioso de trauma, estrés postraumático y retraumatización.

Más allá de la vía genética, un factor muy importante en la transmisión del estrés postraumático de generación en generación radica en el desarrollo durante los años iniciales de la vida. El sistema nervioso se organiza en la interacción con el entorno. Durante el primer año de vida principalmente se desarrollan el hemisferio derecho del cerebro y sus funciones de organizar la percepción sensorial. Las sensaciones que transcurren en el cuerpo tienen que ver con los procesos internos, tales como la digestión, la respiración, la circulación, etc., y con la relación con el entorno. El sistema nervioso trabaja a pleno rendimiento para organizar el flujo de toda esa información sensorial, estableciendo, fortaleciendo, debilitando o interrumpiendo conexiones, en función de la frecuencia con la que se usan o no usan. Las sensaciones que tienen cierta similitud entre sí se agrupan en categorías dentro de las grandes categorías de »agradable, desagradable y neutro«. Más tarde, cuando aprendemos a hablar, les asociamos significados que normalmente permanecen por debajo del umbral de la conciencia, pero intervienen en la toma de decisiones y la organización de comportamientos posteriores. Empezamos a aprender conductas propensas a producirnos sensaciones agradables y a evitar las desagradables. A las sensaciones neutras no prestamos mucha atención. Así empezamos a establecer nuestros patrones habituales.

Desde el primer día, la criatura se sintoniza con su entorno como emisor y receptor de una multitud de señales sutiles y no tan sutiles. La madre  sabe lo que su hijo o hija necesita porque recibe las señales emitidas por la criatura y la criatura se calma o se agita en función de las señales que recibe del estado emocional de la madre. Esta sintonía no se limita solamente a la relación entre madre e hijo o hija. Toda clase de señales provenientes del entorno nos llegan y nos afectan continuamente. Un ejemplo que probablemente todo el mundo puede reconocer es estar al lado de una persona enfadada. No hace falta un nivel de sensibilidad muy elevado para notar el estado emocional de esa persona en el propio cuerpo. Así puede pasar que, de repente, uno se siente enfadado e irritado sin realmente saber por qué. La tendencia a acompasarse al entorno perdura toda la vida, aunque la mayor parte del tiempo el intercambio entre el individuo y el entorno permanece por debajo del umbral de la conciencia.  En mayor o menor grado, todo el mundo intenta insensibilizarse hacia el impacto de según qué vibraciones y otras clases de información que nos resultan indeseables. Pero, por más que nos esforcemos por protegernos contra ellas, nuestro sistema las registra y entra en reacción a ellas, desarrollando conductas reactivas y/o síntomas que pueden convertirse en enfermedades.

Imaginaos una criatura de pocos meses en los brazos de sus cuidadores. La sensibilidad de esa personita tan joven es enorme, pero no dispone aún de estructuras que le permitirían distinguir entre sensaciones propias y sensaciones que adopta de las personas con las que está en contacto. Está inmersa en su entorno y se sintoniza con la tonalidad emocional que lo domina. Todo lo siente en su cuerpo… incluso todo aquello que sus cuidadores se esfuerzan por no sentir, sin posibilidad alguna de metabolizarlo.

Terror, asco, indefensión e impotencia

Una madre habló nunca de lo que sintió, vio y olió durante la noche de bombardeo que destruyó barrios enteros de su ciudad y los días y semanas posteriores. Utilizó una gran parte de su energía para hacer el interior de su cuerpo lo más estrecho que podía, para no dar espacio a las sensaciones que allí se alojaban. De este modo no pudo metabolizar nunca la experiencia de aquella noche y de aquellas semanas. La madre necesitaba calmantes prácticamente toda su vida adulta. Su salud era inestable y murió prematuramente. Su hijo adoptó el mismo patrón que la madre, reduciendo el espacio de su cuerpo para no sentir algo que no lograba reconocer, ni con años de psicoterapia y trabajo con el cuerpo, más allá de constatar que le aterraba, le producía asco y le hundió en una especie de lodazal de indefensión e impotencia. El hijo se drogaba hasta que se dio cuenta de que iba a morir de una sobredosis o desarrollar una enfermedad grave, si no hacía nada para liberarse de la influencia de algo que le afectaba como un campo de fuerza.

En retrospectiva la correlación entre las experiencias de la madre y los síntomas y las conductas autodestructivas del hijo puede parecer evidente. Pero desde el momento en el que empezó a buscar ayuda hasta poder dirigir su mirada hacia las circunstancias traumáticas de su familia pasaron muchos años. Había una especie de muro que le impedía mirar en esa dirección, casi como una prohibición tácita. Simplemente no se le ocurrió.

Su salud mejoró mucho durante los años que dedicó al trabajo de explorar las formas en las que había organizado su experiencia en su cuerpo. Su sensibilidad se refinó. Los patrones autodestructivos perdieron el dominio sobre su vida. Pero los síntomas más persistentes se aliviaron solo cuando empezó a atar cabos y reconocer las raíces de sus propias sensaciones en la guerra y la dictadura que había determinado las vidas de sus padres y sus abuelos. Lecturas, películas y documentales le ayudaron a imaginarse lo que su madre podía haber sentido, visto y olido durante la noche del bombardeo y las semanas posteriores. El contexto colectivo multigeneracional le ayudó a entender los aspectos de sus propios comportamientos y sentimientos más difíciles de tolerar que había intentado anestesiar a través de las drogas.

Era importante para él reconocer que no solo es víctima de las circunstancias sino que también es agente. Lo que hace y deja de hacer cuenta, no solo en su propia vida sino también en la vida colectiva. Hay cosas que están fuera de su alcance, pero otras sí puede cambiar. Y si quiere que cambien, tiene que remangarse y poner manos a la obra. Si no lo hace, tienden a contribuir a crear situaciones propensas a repetir el trauma.

Vergüenza

Un abuelo que trabajaba en una fábrica de armas no hablaba nunca de ello. Estaba casado y tenía un hijo. En el lugar donde vivía había pocas alternativas de ganar el sustento de su familia. No tenía ni casa ni huerto en propiedad, como un compañero que dejó el trabajo porque no soportaba el conflicto interno que suponía ganarse la vida fabricando medios para destruir la vida de sus coetáneos. Eran pobres, pero al menos no tenían que pagar alquiler, podían cultivar el huerto y tener gallinas, conejos, un par de cerdos y una vaca para vivir. Este señor sí habló de lo traumático que había sido para él trabajar en esas circunstancias. Pudo metabolizar su experiencia y conservó su salud hasta una edad muy avanzada. Fue uno de los últimos que pudieron dejar aquel trabajo porque al cabo de poco los que se negaban a trabajar en la fábrica de armamento tenían que afrontar la corte marcial y la ejecución como traidores a la patria. Por tanto, el abuelo tuvo que ganar el dinero para mantener su familia forzosamente con la fabricación de armas, y su alma no lo toleró. Incluso años después de la guerra, cuando la fábrica ya no existía, intentaba aliviar su malestar con sexo y juegos de azar y con compras a crédito de artículos de lujo, generando una deuda que dejó en herencia a su hijo. Periódicamente se hundía en la oscuridad de la depresión y solo quería morir de vergüenza e impotencia.

A la nieta nadie le había hablado de todo eso, pero ella seguía a su abuelo con un patrón bipolar, una conducta promiscua, un trabajo que contribuía a la contaminación de la naturaleza y la desigualdad social, y abuso de drogas, hasta que se dio cuenta de que tenía que cambiar algunas cosas en su vida, si quería que fuera satisfactoria. Poco a poco logró cambiar un tema tras otro, pero tenía un nudo en el estómago que no se movió durante muchos años. El nudo se abrió cuando descubrió que su abuelo había trabajado en aquella fábrica. Había fotos que mostraban que, igual que ella, había tenido un nudo en el estómago. Es altamente probable que lo usara para apartar lo que sentía de su conciencia.

Al abrir su propio nudo, entre muchas otras cosas, la nieta empezó a sentir que los lazos de vergüenza y de obligaciones que no podía cumplir, que la habían atado durante tantos años de su vida, se convirtieron en lazos de amor que la conectaban con su familia incluso más allá de la muerte. Entonces, al imaginarse lo que su abuelo pudo haber sentido trabajando en aquel sitio, se dio cuenta de que se parecía mucho a unas sensaciones horribles contra las cuales había luchado toda la vida, en vano, porque en momentos bajos siempre irrumpían. En el trasfondo de su sentir habían estado presentes en todo momento. Las sensaciones eran malas y, al transcurrir en su cuerpo, había llegado a creer que reflejaban como era ella en el fondo. Se había esforzado mucho por ser buena, pero no lo lograba nunca. Siempre había una sensación subyacente de que no era lo suficientemente buena, que era insuficiente y hasta mala. Cuando entendió las malas sensaciones en el contexto en el que se generaron, perdieron su fuerza. Cuando el mensaje ha sido recibido y atendido, el mensajero puede descansar.

Queda el patrón que la nieta creó para protegerse contra las malas sensaciones y, a veces, bajo determinadas circunstancias, aparece el nudo en el estómago. Pero nunca más tuvo el poder de dominar sus comportamientos y sentimientos. Se ha convertido en una especie de centinela que avisa cuando es necesario que la persona adulta preste atención para no caer en el círculo vicioso del trauma y para llevar el aprendizaje a un nivel más elevado de la espiral.

Culpa inconsciente

Un padre tuvo una posición de mando en un régimen dictatorial; mandó numerosas personas a la muerte y destruyó numerosas familias por estar en desacuerdo con el régimen. Estaba convencido de que su actuación era legítima y que cumplía los requisitos de su posición. Su presencia física estaba marcada por una actitud de vigilancia perpetua hacia un entorno hostil. Su hija era la luz de sus ojos. Ella se esforzaba mucho para complacer a su papá, pero a pesar de todos sus esfuerzos, siempre sentía que no era suficiente. El amor del padre por su hija no llenaba su corazón ni llegaba al corazón de ella. Tampoco sentía culpa por la destrucción de tantas vidas.

En total sentía poco. Sentirse le resultaba intolerable. Por esto, todo aquello que no toleraba sentir en su interior, lo veía en los otros. Su culpa lo separaba de su luz interna. Cuando se pone una cosa delante de una luz, la luz proyecta una sombra que permite ver los contornos de la cosa con más o menos precisión, más o menos distorsionados. La sombra cae sobre el entorno inmediato y, según como, puede adquirir dimensiones enormes. El padre hacía esfuerzos cada vez más costosos para protegerse contra la amenaza que veía proveniente de los demás. Cuánto más se esforzaba, tanto más crecía la sombra de su culpa, con lo cual la amenaza era cada vez mayor y necesitaba más y más defensas.

Cuando murió, atrapado en una red de intrigas y mentiras, durante un momento, quizás, pudo ver su culpa; pero ya era tarde. Ya no había nada que pudiera hacer. A estas alturas, ya hacía mucho que su hija, la luz de sus ojos, se había convertido en portadora de la culpa que él no afrontó. Continua creando una red de intrigas y mentiras para perseguir las personas sobre las cuales proyecta lo que ahora es la sombra de su propia culpa, igual que lo había hecho su padre. Si no se da cuenta a tiempo y no cambia de rumbo, morirá igual que él, percatándose tan solo en el lecho de muerte de que la culpa de sus actos y de los de su padre queda como herencia para sus hijos, una herencia que no pueden rechazar.

El estrés postraumático más difícil de reconocer y resolver probablemente es el causado por una culpa inconsciente. Es absolutamente diferente de un sentimiento neurótico de culpabilidad. La persona que tiene una culpa inconsciente no se siente culpable. No tiene sentimientos de culpabilidad ni difusos ni claros. Se siente con todo el derecho del mundo y se ofende por cualquier sugerencia de que podría ser culpable de algo. Se siente amenazada, no porque teme ser descubierta, sino porque, según él o ella, los otros, sobre los que proyecta su culpa, son culpables de amenazarla.

Evidentemente, los hijos y nietos no tenemos la culpa de lo que hicieron, o no hicieron, nuestros padres y abuelos. Pero si una culpa no es reconocida, crece, aunque la persona que la adquirió con sus actos muere. Aunque los actos hayan sido cometidos en cumplimiento de una legislación vigente, si infringen los derechos básicos de los seres vivos, crean una culpa. Para que una culpa pueda desaparecer, debe ser reconocida y hay que emprender pasos para reparar los daños ocasionados en la medida de lo posible. Como mínimo hay que mirar en esa dirección con la intención de entender lo que pasó y evitar hacer más daño.

Por esto, la ley de amnistía que entró en vigor en octubre 1977 en España, por ejemplo, al contrario de su (supuesta) intención, constituye una amenaza para la salud pública. Se aprobó con una amplia mayoría porque, como es comprensible, mucha gente quiso ir hacia delante y dejar el pasado atrás. La existencia del trastorno que ahora se denomina estrés postraumático justo se había acabado de descubrir en Estados Unidos debido a las dificultades que presentaron muchos de los veteranos de la guerra de Vietnam. La ley de amnistía del 1977 permitió que se archivaran un gran número de crímenes contra la humanidad, sin ni siquiera aclarar los hechos. No solo para que realmente pudiera haber una amnistía tendrían que haberse llevado a cabo investigaciones, sino también para que víctimas, perpetradores y testigos puedan metabolizar el estrés postraumático causado por la violencia de esos hechos y restaurar el equilibrio interno individual y colectivo.

Los tribunales de paz y reconciliación que tuvieron lugar en Sudáfrica en los años 90 crearon oportunidades para afrontar los traumas causados por el régimen del apartheid y contribuir a restaurar el equilibrio interno colectivo e individual a muchos niveles, aunque no hubo castigos. No hay ninguna ley que pueda hacer desaparecer una culpa, ni si los hechos se cometieron bajo su amparo, ni si ordena obviarlo. El organismo y la psique de las personas culpables la pondrán de manifiesto. Y si logran obviar su culpa ante el mundo entero, inclusive ellos mismos, alguno de sus seres queridos, generalmente alguien más débil, ya sea su pareja, un hijo, nieto o bisnieto se acompasará con las formas ocultas de la culpa. O bien la repite para hacerla visible o manifiesta síntomas que señalan hacia el culpable original.

El alarmante resurgimiento de las fuerzas de la extrema derecha en tantos países del mundo, sin duda, se debe a las dificultades inherentes en reconocer el estrés postraumático, propio y heredado, en gestionarlo y en restaurar el equilibrio interior. La violencia de las guerras y de los regímenes dictatoriales es tan extrema que para la mayoría de personas parece continuar siendo una cuestión de supervivencia destinar todas sus energías a ir hacia delante e intentar dejar el horror atrás. Demasiadas personas sienten la necesidad de perpetuar la violencia con la intención de imponerse a los otros que consideran sus enemigos, porque no saben que todas las partes del mundo están interrelacionadas, interdependientes e iguales a todas las escalas de magnitud. Para muchos, hacer el trabajo interior necesario para restaurar el equilibrio interior es intolerable o, al menos de entrada, impensable, porque están atrapados en el círculo vicioso del trauma sin darse cuenta de ello.

Restaurar el equilibrio interior

Para restaurar el equilibrio en la propia vida y poder contribuir a una convivencia en paz de todo el mundo, los que podemos, deberíamos hacer el trabajo necesario para reconocer los rastros del trauma de nuestros padres y abuelos en el propio cuerpo, en el propio comportamiento y en la vida pública. Solo así tendremos la libertad de emplear nuestra energía como conviene sin hacer daño a nadie. El círculo vicioso del trauma puede convertirse en una espiral de aprendizaje, cuando sentimos el mal que determinadas conductas hacen a nosotros mismos y a otros, por más habituales que sean. Recuperar esta sensibilidad es un trabajo que no es fácil, pero si no lo hacemos, nos perdemos la oportunidad de gozar de la experiencia de participar plenamente en el conjunto de procesos creativos de la vida.

Habría que destinar fondos a la investigación para poder desarrollar programas de atención adecuada en la educación y la atención sanitaria. Para poder acceder a una posición de liderazgo debería ser un requisito indispensable conocer las estructuras de la propia mente y del propio cuerpo y su relación con el entorno natural y social. Esto implica también tener conciencia de los rastros del estrés postraumático causado por las guerras y dictaduras de los últimos siglos y haber aprendido a gestionarlos para restaurar el equilibrio interior.

Necesitamos un tiempo para calmar la agitación interna causada por el trauma, para orientarnos y aprender a distinguir qué es nuestro y qué pertenece a la experiencia de nuestros predecesores. Soltar las cargas energéticas y hormonales de la activación retenidas en el cuerpo puede conllevar temblores, llanto, imágenes de los sucesos, sacudidas, etc. Será necesario procurar un espacio seguro para poder tolerar estas manifestaciones sin sentirse abrumado ni dejarse arrastrar por ellas, para poder observarlas y comprenderlas con la perspectiva del contexto en el que tuvieron su origen en las generaciones anteriores. Necesitamos tiempo para revisar los sucesos para entender qué pasó, qué hicieron nuestros antepasados, cómo les afectó, qué implicaciones tiene los que pasó y lo que hicieron y cómo nos afectó a nosotros. Todo esto forma parte del proceso de restaurar el equilibrio interior.

Una herramienta de gran utilidad en este proceso, al alcance de todo el mundo en todo momento, es la conciencia del cuerpo y de los movimientos respiratorios. Por un lado, el movimiento de la espiración puede ayudar a orientar la atención hacia dentro y hacia el suelo. De este modo fomenta la percepción de la relación entre el espacio central del cuerpo, lo más hondo de lo que somos como ser vivo, y el suelo, nuestra base de apoyo en el mundo natural al cual pertenecemos. Por otro lado, si la inspiración se inicia en ese lugar profundo donde percibimos esa relación entre cuerpo y suelo, nos ayuda a tomar conciencia también de la relación entre los espacios en el interior del cuerpo que se expanden a medida que se llenan con el aire y el espacio exterior de donde este aire proviene.

Es cuestión de practicar dejar los movimientos suceder sin empeñarse en imponerlos y sin caer en el hábito de respirar el mínimo imprescindible para sobrevivir porque queremos evitar el encuentro con los contenidos difíciles que los patrones de tensión habitual procuran mantener por debajo del umbral de la conciencia; porque esos contenidos emocionales aflorarán al soltar la tensión y respirar más holgadamente. Entonces, podemos dejar la carga emocional fluir hacia el suelo y dejar que sostenga todo aquello que nos pesa, a la vez que dejamos el sobrante de intensidad emocional salir junto con el aire que espiramos. Así Madre Tierra, Padre Cielo y el colectivo de todas las formas de vida pueden ayudarnos a arreglárnoslas con lo que supera nuestras fuerzas y nuestro ámbito de competencia. Después, la inspiración aporta energía, novedad y expansión al sistema.

Así, respiración a respiración estamos presentes y en relación con nuestro entorno, tanto en lo material como en la potencialidad del espacio abierto. Así podemos elegir el rumbo de nuestra actuación y mantener el timón en la dirección escogida, a la vez que aprendemos de la propia experiencia, de nuestros coetáneos y de los que vinieron antes que nosotros. Y podemos ayudarnos a nosotros mismos y unos a otros a distinguir las malas sensaciones que nos mantienen atrapados en el círculo vicioso del trauma multigeneracional de lo que es real ahora.

Rituales y celebraciones colectivos

Aparte del trabajo personal de cada uno, los rituales y las celebraciones de grandes colectivos humanos pueden constituir una aportación importante a la capacidad de gestionar los traumas causados por guerras, regímenes totalitarios y catástrofes naturales tanto para los ciudadanos individuales como para las sociedades de los diferentes países y para la humanidad en conjunto.


La diada catalana del once de septiembre es un excelente ejemplo de una celebración conmemorativa que ayuda a la población del país a superar el trauma del asedio y del genocidio asociado a esta fecha. Con la participación de cada vez más y más personas en el acto principal del día en un ambiente de pacífica reivindicación, que este año ha congregado más de un millón y medio de personas, muestra una sociedad cada vez más cohesionada y madura. Si la monarquía española aprovechara la oportunidad de reconocer sus culpas de los tiempos presentes y de los siglos pasados, de pedir perdón y emprender pasos para reparar los daños, en vez de insistir en su actitud de superioridad moral  y en intentar imponer, a todo coste, lo que considera su derecho, seguramente se abrirían vías para encontrar soluciones para muchos de los problemas que azotan la sociedad española, más allá de la cuestión catalana, y el círculo vicioso del trauma podría convertirse en una espiral de aprendizaje.


© Brigitte Hansmann
practicante de DFA reconocimiento de patrones somáticos y analista de patrones arquetípicos

(1) Por ejemplo:
Rodgers, A.B., i Bale T. L., Germ cell origins of PTSD risk: the transgenerational impact of parental stress experience, https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4526334/, (visto el 27 de septiembre 2018)

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Círculo vicioso o espiral de aprendizaje – Traumas multigeneracionales

Parte 2: 1 de octubre 2018


Círculo vicioso o espiral de aprendizaje – Traumas multigeneracionales

Parte 3: 12 de octubre 2018

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