domingo, 27 de septiembre de 2015

Enfocar un punto ciego: la fábrica de pólvora de Düneberg - Siguiendo la pista de la historia

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En uno de los paseo regulares del círculo para el fomento de un museo de industria en Geesthacht, mi ciudad natal,  Förderkreises für ein Industriemuseum Geesthacht, aprendí mucho sobre la historia de la fábrica de pólvora de Düneberg, un barrio de mi ciudad. Fue inmensamente interesante. Había ido expresamente desde Barcelona para asistir. El tema era "Pólvora alemana para el mundo". Es muy posible que la pólvora que costó la vida a muchos catalanes y españoles haya sido fabricado en esa fábrica.

En los últimos años diversos sucesos me mostraron que la fábrica de pólvora era un punto ciego en mi vida y que convendría averiguar más sobre ella. Tengo la sensación de haberme sumergido este fin de semana en raices muy profundas de mi vida que me proporcionan fortaleza, resistencia y alimento para el espíritu y el alma. Mientras se hundieron en el olvido emanaban emociones como vergüenza, miedo, rabia y culpa. Tan sólo cuando logré soltar un poco el nudo en mi estómago, que está allí desde mi más temprana infancia, llegó a ser posible nombrar esas emociones y cuestionarlas y descubrir indicios acerca del contexto de sus orígenes. Con frecuencia aparecían sin motivo aparente o ocasionado por sucesos que no cuadraban con la intensidad con la que se presentaban. Pertenecían a un patrón que se repetía una y otra vez, causaba efectos negativos en mi salud y bienestar e interfería en lo profesional tanto como en lo privada. El trabajo con el reconocimiento de mis patrones reveló pistas que me llevaron al terreno de la fábrica de pólvora, cuando me enteré de que mi abuelo había sido oficial de guardia allí durante la segunda guerra mundial. Su comportamiento en los años posteriores puso de manifiesto que no había logrado asimilar lo que sea que vivió en cumplimiento de esa función. Él reprimió lo que sentía y yo lo absorbí a través de sensaciones directamente de cuerpo a cuerpo, mente a mente, de forma automática, sin saberlo, porque la naturaleza humana es así.

Durante el paseo oficial por la mañana se trataba de los edificios que siguen en pie y otros que ya no existen.


 

Aquí vino un recuerdo de mi propia vida: en este patio recibí mi primer beso de amor de un tal Carlos del cual no recuerdo nada más. Los edificios son de la administración de la fábrica. De esto no tenía ni idea hasta el día del paseo. Tampoco sabía que el instituto donde hice el bachillerato había sido el local de abastecimiento para los trabajadores de la fábrica. Me enteré de ello en un libro de historia que heredé mi padre.

 

El referente, Jochen Meder, nos contó muchas cosas sobre cada uno de los edificios, tanto sobre los existentes como sobre los que ya no están, sobre los procesos de producción y muchas cosas más. En este edificio, que tenía algo que ver con el abastecimiento de energía de la fábrica y que después de la guerra fue centro de recogida de chatarra para los pagos de reparación a Inglaterra, ahora se aloja un café y local de eventos con tienda de artesanía. En el marco de la celebración del 800 aniversario de Geesthacht y de las Jornadas de Alfred Nobel en diciembre del 2016, allí voy a dar una charla sobre cómo reconocer las huellas de la historia en el propio cuerpo y cómo aprender de ellas a tratar de forma amorosa a uno mismo y a otros, a proteger y cuidar la salud, la propia, la de nuestros sucesores y la de la naturaleza en general, a ocuparnos, en el margen de nuestras posibilidades, de curar las heridas que nuestros antecesores dejaron abiertas... en fin, a crear una vida satisfactoria y feliz.

 

La perla, el edificio de los altos rangos de la administración y vivienda del director. Más tarde, en los años 70, cuando yo ya me había ido de Geesthacht, allí se instaló un colectivo de artistas.

Por la tarde con la presidenta del círculo del fomento, Ulrike Neidhöfer, hice el segundo paseo, que se puede hacer por encargo, y que fue la parte más importante para mí, porque en estos caminos acompañaba a mi abuelo en sus paseos. Hace tan sólo un par de años que descubrí que mi abuelo había sido oficial en la guardia de la fábrica porque encontré una foto de él en uniforme de oficial de la Wehrmacht. Yo pensaba que no había luchado en la guerra. En mi familia nunca se había hablado de ello, al menos no delante de mí. Pregunté a una tía, la única que todavía vive con unos pocos conocimientos sobre lo que había pasado, porque era una niña en aquellos años.


Aquí encontramos los edificios bombardeados que recordaba de mi infancia y adolescencia que siempre había tomado por búnkeres. Ahora descubrí que fueron prensas, tornos, estaciones de transfer, almacenes de munición...



Desde hace muchos años practico, mientras espiro, soltar cosas que mi cuerpo sujeta con tensión involuntaria. La respiración es regulada por la misma parte autónoma del sistema nervioso que el tono de los tejidos, la tensión involuntaria de nuestros músculos. La espiración es un movimiento de relajación; aquí los músculos que han trabajado durante la inspiración se sueltan. Si te concedes tiempo para descansar realmente hacia dentro, puedes sentir el apoyo del suelo en lo más hondo de lo que eres como ser vivo, es decir, puedes dencansar en lo más hondo de tu propio ser y en el mundo material del cual todos somos una parte.




Fue así que descubrí las pistas de la historia en mi cuerpo porque cuando logro soltar un poco de tensión involuntaria suele aflorar algo de información. Sólo hay que aprender a entender esa información y encontrar su contexto. Cuando das en el blanco, la tensión se suelta. Parece como si el cuerpo sujetara recuerdos y sensaciones que quieren ser sabidas y conocidos. Cuando el mensaje ha llegado, el mensajero puede descansar. Entonces puede ser vinculado con la experiencia consciente y llega a ser posible sacar conclusiones, reconocer contextos, comprender la conducta de otros y uno mismo, ocuparse de asuntos que llevan tiempo esperando a que alguien se ocupe, a veces desde hace generaciones, a que se encuentren soluciones o, al menos, reconocimiento.


No hablábamos mucho, cuando acompañaba a mi abuelo en sus paseos en estos terrenos. Tenía 5, 6, 7 años. La mala sensación siempre estuvo allí, en mi vientre. Nunca se me habría ocurrido relacionarla con él ni con nadie. Pensaba que se debía a que había algo en mí que no era como debía. Pero no me atreví decírselo a nadie. Simplemente me esforzaba para ser lo que me parecía normal.



Cuando intento imaginarme cómo se debía de sentir la gente entonces, cuando se fabricaba la pólvora allí, gente que trabajaba allí deliberadamente, felices de poder ganar un sueldo, y otros que llegaron allí como trabajadores forzados, traidos a la fuerza de territorios ocupados, estoy segura que los esfuerzos para dominar lo que sentían y los nudos en el estómago eran del orden del día. No puedo imaginarme realmente cómo debía de ser para mi abuelo hacer de guardia allí. He visto documentales y películas sobre las dos grandes guerras y el Tercer Reich. Al combinar lo que vi en la pantalla con el silencio que pesaba toneladas sobre mi infancia y adolescencia, vislumbro un leve atisbo de aquello de lo que nadie quería hablar. No me extraña que mi abuelo no quisiera contarle nada de todo ello a una niña pequeña. No me extraña que nadie quisiera pensar en ello y que todos quisieran dejarlo atrás cuanto antes y orientarse hacia el futuro.

 

Pero cómo se puede construir un futuro sin asimilar lo que sucedió? Cómo se puede asimilar algo de lo que no se quiere hablar, en lo que no se quiere pensar? Cuanto más uno se esfuerza por apartarlo de la conciencia, la tensión que se utiliza para hacerlo, lo sujeta. Aunque sea cierto que uno ya no lo siente directamente, por debajo del umbral de la conciencia sigue quemando lentamente. Las personas han hecho un esfuerzo por dominar lo que sienten y han logrado sobreponerse al horror. Creen que lo han dejado atrás. Lo cierto es que lo llevan consigo continuamente. Puesto que ya no se reconoce como algo propio, ya sólo se ve la sombra de ello que cae sobre los demás. Se proyecta en otros lo que no se tolera en uno mismo.


Los niños pequeños son inmensamente sensibles. Sienten incluso aquello que los adultos lograron dominar con su esfuerzo, lo que acolchan con un exceso de comida, lo que ahogan en alcohol o intentan anestesiar por otras vías. Los niños lo sienten en su propio cuerpo, sin la más mínima posibilidad de entender que lo que sienten, en realidad, son sensaciones que sus padres y otros adultos en su entorno no toleran. En realidad todos somos así de sensibles, no sólo los niños. Recuerde cómo se sentía cuando estuvo al lado de alguien que estaba enfadado, o triste, o alguien que tenía miedo. Realmente lo podemos sentir en el propio cuerpo. Se llama empatía. Algunas personas tienen más que otras. Personalmente creo que algunas personas se permiten ser más empáticos que otros. Algunas personas simplemente no toleran sentirse a sí mismas, ni mucho menos a otros.  




El nudo en mi estómago se ha soltado bastante. Tuve una semana bastante estresante después de volver de Alemania, pero el nudo ni se ha dejado sentir. Estuve muy tranquila frente a cosas que normalmente me habrían puesto más nerviosa. Creo que logré dejar una buena parte de la tensión antigua de mi infancia allí en el bosque o, como mínimo, ha cambiado la forma en la que se manifiesta.


Gracias al  Förderkreises für ein Industriemuseum Geesthacht muchos edificios de la ciudad ahora están protegidos como monumentos históricos y muchos de los documentos que no fueron destruidos se recogen. La creación de este museo tiene una gran importancia. Para muchos es un tema desagradable y no quieren que nada se lo recuerde. Probablemente sea por esto que resulte tan difícil convencer a la administración pública competente y, en el caso de la fábrica de dinamita del Krümmel, la empresa sueca Vattenfall, a que restauren la antigua torre de agua para instalar allí ese museo antes de que se pierdan todavía más cosas. Aunque se trate de un tema explosivo y probablemente embarazoso, es especialmente importante conservar la memoria, porque aquello de los seres humanos no quieren recordar, lo repiten.





Manejarse con las emociones que afloran en el proceso de descubrir un punto ciego y enfocarlo es cosa que se puede aprender. Si permanecen en el cuerpo por debajo del umbral de la conciencia siguen quemando lentamente hasta que se convierten en focos de enfermedad. Incluso cuando ya se declaran en forma de síntomas, es curativo y da alivio poder dejar con las personas a quienes pertenecen las emociones que absorbimos de las generaciones anteriores a través de sensaciones, cuerpo a cuerpo, mente a mente . Al ver esas sensaciones en el contexto mayor de sus antecedentes históricos personales y colectivos, muchas cosas se entienden de otro modo y llegan a calmarse.



No se trata aquí de buscar en otros la culpa de lo que uno mismo siente ni de rechazar la propia responsabilidad. Todo al contrario, se trata de tomar las riendas de la propia vida y de asimilar lo que está en nuestro poder asimilar, independientemente de si son sensaciones propias o sensaciones absorbidas de otros. Se trata de aprender a distinguirlo. Las sensaciones tienen la función de avisarnos de nuestros deseos y necesidades y su grado de satisfacción. La satisfacción de deseos y necesidades egoístas como mucho dan una satisfacción o un alivio momentáneos. Lo único que sirve es la verdad, que quiere ser conocida. La verdad es que todo lo vivo pertenece a la misma familia. Lo que hace daño a otros, crea sufrimiento. Lo que es bueno para el conjunto, crea bienestar.


Aunque esta farola ya no alumbre ¡que la luz de la conciencia ilumine la acción de los seres humanos para que la fabricación de armas, municiones y toda clase de productos dañinos sea cesado en seguida en todo el mundo! Los árboles generan el oxígeno que necesitamos para vivir. Muchas personas crean cosas que necesitamos para vivir bien. ¡Actuemos de tal manera que ayude a otros vivir también bien para que podamos estar a gusto todos juntos!

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